Bruna, una zorra, quería ser el animal más admirado del bosque.
—Voy a llevar una estrella al pecho —anunció.
Pidió una en el cielo, pero las estrellas estaban demasiado lejos.
Buscó una en el río, pero sólo encontró reflejos.
Intentó recortar una en una hoja dorada. El viento se la llevó.
La lechuza, que la había observado toda la tarde, amasó un poco de barro. Con el pico y las alas le dio forma de estrella, con cinco puntas desiguales.
—Tiene una punta corta —dijo Bruna.
—Es la primera que he hecho —respondió la lechuza.
Bruna se la puso de mala gana.
Esa noche llovió. Los animales corrieron a refugiarse y la lechuza resbaló en una raíz. Bruna la cargó hasta la guarida.
Al llegar, la estrella de barro se había ablandado y tenía una marca de pluma en medio.
—Ahora es aún más imperfecta —dijo la lechuza.
Bruna la miró. Recordaba las alas cansadas de su amiga y el camino que habían hecho juntas.
—Ahora brilla más —respondió.


