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Aran era pequeño, pequeño.
Pero le gustaban las cosas grandes.
Sobre todo los gigantes.
Una noche, cuando la luna ya miraba por la ventana, Aran oyó:
Dring, dring!
Miró debajo de la cama.
Nada.
Miró detrás de la cortina.
Nada.
Dring, dring!
En medio de la habitación había un gigante pequeño. Era más alto que Aran, pero lo suficientemente bajito para no tocar el techo. Llevaba una corona amarilla, una capa verde y dos cascabeles en los zapatos.
—Hola, Aran —dijo el gigante.
Aran abrió mucho los ojos.
—¡Gigante!
—Me llamo Dring —explicó él—. He venido a buscar la música de la noche.
El gigante movió un pie.
Dring!
Movió el otro pie.
Dring!
Aran dio una palmada.
¡Pam, pam!
El gigante dio un paso.
Dring!
Aran dio una palmada.
¡Pam!
Dring, pam. Dring, pam.
Bailaron poco a poco en torno a la alfombra. La capa verde hacía volar las estrellas dibujadas. Aran se reía. El gigante también.
Pero al cabo de un rato, Aran bostezó.
—Oooooh…
El gigante Dring se detuvo.
—La música de la noche ya ha llegado —susurró.
—¿Dónde está? —preguntó Aran.
El gigante señaló el pecho del niño.
Tum-tum, tum-tum.
Era el latido tranquilo de su corazón.
El gigante se quitó un cascabel y lo dejó junto a la almohada.
—Si una noche quieres volver a bailar, escucha atento.
Aran abrazó a su nuevo amigo.
—Buenas noches, gigante.
—Buenas noches, Aran.
Dring!
El gigante desapareció tras un rayo de luna.
Aran se tumbó en la cama. Fuera, el pueblo dormía. Dentro, su corazón cantaba muy flojito:
Tum-tum, tum-tum.
Y justo antes de cerrar los ojos, un cascabel respondió:
Dring…


