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He aquí que una vez había, en un bosque tranquilo y verde, una zorrita llamada Lila. Lila era rápida, lista y muy curiosa. Pero tenía un sueño que no podía quitarse de la cabeza…
—¡Yo quiero volar! —decía cada día mientras miraba a los pájaros en el cielo.
Los demás animales la miraban con cara de asombro.
—¡Pero si eres una zorrita, Lila! Los zorros no vuelan —le decía la tortuga Imma.
—¡No me importa! Si los pájaros pueden, ¡yo también podré! —respondía decidida.
Durante días y días, la zorrita Lila probó todo lo que se le ocurrió para conseguir volar.
Primero, cogió hojas grandes de castaño y se las enganchó a las patas y a la espalda con miel que había encontrado cerca de una colmena. Saltaba arriba y gritaba:
—¡Ahora sí que vuelo! ¡Mírame, Imma! ¡Soy el pájaro-zorro!
Pero sólo quedó enganchada a una rama, toda pegajosa y con las hojas haciendo “flop-flop” al viento.
—Quizá necesito alas de verdad… —pensó.
Entonces construyó unas alas con ramas delgadas y plumas caídas, atadas con hierbas secas. Se las puso como si fueran una mochila, se subió a un tronco alto… y se lanzó gritando:
—¡Voooolaaaaaaa!
Cayó de cabeza en un montón de hojas. Plof!
—¡No me he hecho daño! —dijo, riendo con hojas en la cabeza.
Después trató de hacer un globo con corteza de corcho y tela vieja de una tienda abandonada. Lo llenó de aire caliente con la ayuda del castor inventor, el maestro Brunet.
—¡Eso sí va a subir! —dijo contenta.
Pero el globo sólo hizo un ¡puf! y se desinfló volando como un globo pinchado.
También trató de correr tan rápidamente como podía para coger empuje, saltando desde rocas y colinas. Cada vez acababa rodando por el suelo, hecha un lío de patas y cola, pero nunca dejaba de reír.
—¡Has caído cincuenta veces! —le decía la ardilla Quirze, con los ojos bien abiertos.
—¡Sí, pero cada vez me caigo un poco más allá! —respondía Lila.
—¿No te harás daño? —le preguntaba la ardilla Quirze.
—Si me rindo, ¡nunca lo sabré! —contestaba la zorrita con una sonrisa.
Un día, apareció en el bosque una vieja lechuza muy sabia: la Señora Estrella. Todos los animales le escuchaban cuando hablaba.
—¿Qué haces, pequeña zorrita? —le preguntó con voz suave.
—Intento volar, pero todavía no lo he conseguido —dijo Lila, con un poco de tristeza.
La Señora Estrella sonrió y dijo:
—Quizás no puedes volar como un pájaro… pero puedes hacer cosas que los pájaros nunca podrán hacer. Tú puedes correr entre los árboles, oler pistas, esconderte, ayudar a los demás… Y si miras con el corazón abierto, verás que volar también puede significar soñar, aprender, y crecer.
Lila se quedó pensativa. Miró al cielo, y después a su alrededor. Vio sus patas, fuertes y ágiles. Sintió el olor del viento. Y sonrió.
Desde ese día, dejó de querer volar… pero nunca dejó de soñar.
Y así, Lila se convirtió en una zorrita muy especial: la que enseñaba a soñar a todos los demás animales del bosque.


