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Un soleado día de primavera, Pau recibió un regalo muy especial por su sexto cumpleaños: unos patines acrobáticos de colores brillantes. Eran rojos y azules, con luces que parpadeaban a cada vuelta de las ruedas. Estaba tan emocionado que quiso salir a probarlos enseguida.
Después de desayunar, su madre lo ayudó a ponerse los patines y el casco. Juntos fueron al parque de enfrente de casa. Había niños corriendo, jugando a la pelota y disfrutando del sol. Pau, algo nervioso, pero lleno de ilusión, empezó a patinar.
Al principio avanzaba despacio e inseguro, agarrado de la mano de su madre. Poco a poco se sintió más cómodo sobre las ruedas. Aprendió a avanzar, a frenar suavemente e incluso a dar algunos pequeños giros.
Al cabo de un rato se acercó un grupo de niños que jugaba cerca. Les sorprendían las luces de sus patines y la rapidez con la que Pau empezaba a moverse.
—¿Quieres jugar con nosotros? —preguntó una niña con una pelota.
Pau sonrió y asintió. Inventaron un juego en el que tenía que patinar para recoger la pelota y pasársela a los demás. A cada vuelta se sentía más seguro y sus movimientos se volvían más ágiles.
El tiempo pasó volando y pronto llegó la hora de comer. Pau y su madre regresaron a casa, donde él explicó entusiasmado que había aprendido a patinar y había hecho nuevos amigos.
Pero la verdadera aventura todavía estaba por llegar. Aquella tarde descubrió que cerca del parque había una pista de patinaje. Con permiso de su madre, volvió acompañado de su abuelo para conocerla.
La pista estaba llena de niños y adolescentes haciendo trucos y acrobacias. Pau los miraba boquiabierto, soñando con el día en que pudiera hacer lo mismo. Un chico mayor, que parecía tener mucha experiencia, se fijó en su interés y se acercó patinando.
—Hola, ¿quieres aprender algunos trucos? —preguntó con una sonrisa amable.
—¡Sí! —respondió Pau, sin poder esconder su entusiasmo.
Con paciencia, el chico le enseñó a dar un salto pequeño. Pau practicó una y otra vez. Se cayó algunas veces, pero siempre volvió a levantarse con más determinación. Después de muchos intentos consiguió su primer salto acrobático. Su corazón dio un brinco de alegría y las luces de sus patines parecieron brillar más que nunca.
Cuando el sol empezaba a ponerse, Pau y su abuelo regresaron a casa. Esa noche no dejaba de hablar de sus patines y de las acrobacias que algún día aprendería. Su abuelo lo abrazó.
—Estoy muy orgulloso de ti, Pau. Hoy has aprendido mucho y has demostrado una gran valentía.
Pau se acostó soñando con patines y piruetas, sabiendo que cada día podría aprender un poco más. Y en sus sueños siguió patinando con su abuelo, explorando nuevos mundos llenos de aventuras y desafíos.


