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Hace mucho tiempo, cuando los animales hablaban, los árboles cantaban y las piedras caminaban, vivía Biel, un niño de seis años apasionado por las aventuras y los descubrimientos. En su pueblo todos conocían su energía incansable y su corazón siempre dispuesto a ayudar.
Un día de primavera, con el sol brillando en un cielo sin nubes, decidió ir un poco más allá de los lugares donde solía jugar. Siguió unos senderos entre los árboles hasta llegar a un claro. Allí se alzaba un viejo roble majestuoso, pero muy afligido: sus hojas estaban marchitas y sus ramas casi rozaban el suelo.
—Viejo árbol, ¿por qué te lamentas así? —preguntó Biel, preocupado.
El árbol tembló suavemente y de su tronco retorcido salió una voz profunda.
—Ay, pequeño Biel. Mis raíces son fuertes y han visto pasar muchas estaciones, pero este año apenas ha llovido y me queda muy poca agua. Sin ella no puedo alimentar mis hojas cantoras ni dar sombra a quienes buscan refugio bajo mis ramas.
Biel sintió que tenía que hacer algo.
—Espérame, viejo amigo. Encontraré la manera de ayudarte.
Corrió al pueblo para pedir ayuda. Empezó por la plaza, donde contó la situación del roble a todo el que quisiera escuchar. Vecinos y animales del bosque: todos eran bienvenidos.
—¡Nos necesita! Sin nuestra ayuda no podrá sobrevivir al verano que se acerca —explicó, despertando en todos las ganas de colaborar.
Poco a poco se formó una cadena viva desde el pozo del pueblo hasta el claro. Los perros llevaban cubos con la boca; los gatos, con su gran equilibrio, ayudaban a mantenerlos estables, y los pájaros transportaban pequeñas cantidades de agua en el pico para que no se perdiera ni una gota.
Los niños llenaban los cubos, mientras las piedras del camino, que según la leyenda habían podido moverse en otros tiempos, servían de apoyo a los más pesados. Hasta ellas parecían vibrar con el esfuerzo de todos, formando un sendero solidario que unía al pueblo.
Tras muchos viajes, la tierra bajo el roble empezó a humedecerse y sus hojas volvieron a levantarse hacia el cielo. Agradecido, el árbol entonó una melodía que nadie había oído antes, una música que hacía bailar las hojas y parecía dar más brillo al sol. Biel y todos los habitantes del bosque y del pueblo bailaron para celebrar la fuerza de la comunidad.
—¿Lo ves, Biel? —dijo el roble mientras seguía la fiesta—. Cuando trabajamos juntos, podemos superar grandes dificultades.
Con el corazón lleno de alegría, Biel comprendió que una pequeña acción podía marcar una gran diferencia.
Cayó la noche entre canciones y bailes. Biel regresó a casa sabiendo que siempre tendría amigos con quienes contar, tanto en el bosque como en el pueblo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


