Hace muchos, muchos años, en una mágica noche de Reyes, viajaban tres camellos muy especiales llamados Samir, Amani y Farid. Eran los fieles compañeros de los Reyes Magos y cada año los ayudaban a llevar regalos a los niños. Aunque el trabajo era duro y el viaje muy largo, siempre estaban contentos de ayudar.
Un año, mientras atravesaban un desierto inmenso y frío para llegar a las ciudades, se encontraron con una terrible tormenta de arena. El viento soplaba tan fuerte que apenas podían ver. Caminar se hacía cada vez más difícil.
Samir, el primer camello, era muy fuerte. Pero, después de horas avanzando por la arena, empezó a sentirse agotado.
— Quizá deberíamos parar y descansar —dijo.
Amani, el segundo camello, era muy decidido.
— No vamos a rendirnos. ¡Los niños nos esperan! —respondió.
Los Reyes buscaron un lugar resguardado para hacer una pausa y comprobar que sus compañeros estaban bien. Después, Samir decidió seguir adelante: quería que los regalos llegaran a su destino.
Al reanudar el camino, la tormenta se hizo más intensa. Ahora era Farid, el tercer camello, quien empezaba a perder las fuerzas.
— No puedo continuar —dijo, triste.
— ¡Estamos contigo! ¡Juntos lo conseguiremos! —lo animó Amani.
Los Reyes, que iban montados sobre ellos, veían el esfuerzo de sus compañeros y les daban ánimos:
— ¡Sois fuertes y valientes! Ya falta poco. ¡Nos ayudaremos unos a otros!
Aquellas palabras les dieron nuevas fuerzas. A pesar del cansancio y del viento, continuaron paso a paso. Finalmente, la tormenta comenzó a calmarse.
Cuando llegaron a la ciudad, el cielo se despejó y las estrellas volvieron a brillar. Los camellos estaban cansados, pero también orgullosos de haber superado la dificultad juntos. Los Reyes repartieron todos los regalos, y los niños durmieron con sueños llenos de magia.
Aquella noche, Samir, Amani y Farid aprendieron que, cuando el camino se complica, es importante ayudarse y descansar cuando hace falta. Juntos habían atravesado la tormenta y llevado alegría a los hogares de los niños.


