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En un pequeño pueblo de Cataluña, entre montañas y campos de flores, vivía un personaje muy conocido por los niños: la Vieja Cuaresma. Llevaba una larga túnica llena de bolsillos y tenía siete pies. Cada año, después del Miércoles de Ceniza, comenzaba a recorrer las calles.
Con su paso lento y seguro, recordaba a los niños que había llegado un tiempo para reflexionar, compartir y aprender a esperar.
Cada semana, al salir del colegio, la buscaban ilusionados. Aunque era una época de moderación, siempre les traía pequeñas sorpresas: una historia, un poema, una canción tradicional o un rompecabezas para resolver juntos.
Lo más mágico era que cada semana desaparecía uno de sus pies. Los niños corrían a contar a sus familias cuántas semanas quedaban para Pascua.
La primera semana les habló de la paciencia: las semillas necesitaban tiempo y cuidados para convertirse en las flores más bellas del jardín.
La segunda les enseñó la generosidad. Repartió pan casero y les recordó la importancia de compartir con quienes lo necesitaban.
La tercera semana habló de la humildad. Se sentó en el suelo con ellos y contó historias antiguas sobre la sencillez y la felicidad de las cosas pequeñas.
La cuarta les enseñó la gratitud. Llevó un cofre viejo donde guardaron notas de agradecimiento para las personas que querían.
La quinta fue el turno del perdón. Cada niño pudo decir «lo siento» y «te quiero», descubriendo que podían reparar sus errores y cuidar sus amistades.
La sexta semana compartió el valor de la esperanza. Escribieron deseos y sueños en globos de papel con los que decoraron la plaza, recordando que incluso en los días difíciles podían encontrar motivos para confiar en el futuro.
En la última semana, cuando solo le quedaba un pie, les contó su secreto de la felicidad: querer y sentirse queridos, cuidar la naturaleza y acompañar a los amigos y a la familia.
Cuando llegó el momento de despedirla antes de Pascua, organizaron una fiesta con flores, canciones y bailes. Sabían que volvería al año siguiente, pero sus lecciones se quedarían con ellos.
Y así, año tras año, la Vieja Cuaresma sigue visitando los pueblos de Cataluña, recordando valores para convivir mejor mientras todos esperan la llegada de la Pascua y la primavera.


