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Había una vez una gatita dulce y juguetona llamada Bitsy. Tenía nueve años, un pelaje suave como la seda y unos ojos brillantes como estrellas. Un día, mientras jugaba en el parque, conoció a tres gatitos encantadores: Bella, Pelussa y Floc. Se hicieron tan amigos que decidieron crear un grupito de gatitos.
—¡Miau! —dijo Bitsy, con las orejitas bien levantadas—. ¿Por qué no hacemos una escuela para gatos?
Los demás maularon contentos, y así nació la Escuela Gatuna.
A los pocos días, la escuela abrió sus puertas, y llegaron un montón de gatos curiosos. Pero, de repente, apareció una señora con un perrito que decía:
—Mi Txiqui también quiere venir a clase. ¿Puede entrar?
Bitsy, pensando que la escuela era sólo para gatos, dijo:
—Lo siento… pero aquí sólo entran gatitos.
Más tarde, al hablar con sus amigos, Bella dijo:
—¿Y por qué no? ¡Los perros también pueden aprender!
Bitsy se asustó:
—¡Ay, no! He dicho que no podía venir, ¡y ahora la señora se ha ido! —y se puso a llorar en su cama, pensando que había cometido un error terrible.
Bella se acercó y le dijo:
—No te preocupes, encontraremos a la señora y le explicaremos que es bienvenida.
Y así, Bitsy se sintió mejor.
Al día siguiente era Carnaval, y el rey Carnaval había anunciado:
—¡Todos los animales deben ir disfrazados!
Bitsy tuvo una idea brillante:
—¡Haremos una carroza de bosque encantado! ¡Y nosotros seremos hadas gatunas!
Los amigos se pusieron a trabajar sin parar, enganchando flores de papel, pintando estrellas y haciendo sombreros brillantes. Cuando llegó el día de la rúa, todos los gatitos salieron con sus disfraces de hada, y la carroza era tan mágica que todo el mundo gritaba:
—¡Mira qué lindos!
Los aldeanos les lanzaban confeti y reían de felicidad. Y, mientras se marchaban, Bitsy vio… ¡la señora del perrito!
—¡Esperad! —gritó—. ¡Vuestro perro sí puede venir a la escuela!
La señora sonrió y les dio las gracias. Y así, la Escuela Gatuna se convirtió en un lugar donde todos los animales eran bienvenidos.
Bitsy aprendió que a veces nos equivocamos, pero siempre podemos arreglarlo. Y, sobre todo, ¡que la diversión es mejor cuando todo el mundo participa!
Y vivieron felices y gatunamente divertidos.


