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Martí tenía ocho años y un sueño muy claro: quería hacer música que hiciera sonreír a la gente.
No tenía guitarra, ni piano, ni batería… pero tenía su xilófono de madera, viejo y algo agrietado, que había sido de su abuelo.
Cada tarde, cuando volvía de la escuela, Martí se encerraba en su habitación y empezaba a tocar. Al principio, las notas sonaban todas mezcladas: plin, plon, plan! Pero a él no le importaba.
—Cada nota es una palabra —decía—, y si las junto bien, puede que salga una historia.
Sus padres le escuchaban desde la cocina.
—No toca mal —decía papá.
—Y tiene mucha paciencia —añadía su madre, sonriendo.
Un día, la escuela anunció que harían el festival de Navidad, y cada clase podía presentar un número. Los compañeros de Martí querían hacer un baile, pero él levantó la mano y dijo:
—¡Yo podría tocar una canción con el xilófono!
Algunos se rieron.
—¿Con el xilófono? ¡Pero si parece un juguete! —dijo Pol.
Martí bajó los ojos, pero esa misma tarde decidió demostrar que el xilófono podía sonar como una orquesta entera. Durante días y días practicó, buscando nuevas melodías. Probaba ritmos lentos, rápidos, suaves… hasta que una noche, mientras nevaba fuera, descubrió una canción que parecía la música de la nieve cayendo.
Cuando llegó el día del festival, todos los alumnos bailaron, cantaron o recitaron. Y cuando le tocó el turno, Martí salió con su xilófono bajo el brazo.
Respiró hondo y… plin, plon, plan…
Las notas empezaron a sonar como estrellas pequeñas. El auditorio quedó en silencio. Los padres, los maestros e incluso Pol le escuchaban boquiabiertos. Era una melodía sencilla, pero llena de luz.
Cuando terminó, nadie dijo nada durante unos segundos… y después, todo el mundo empezó a aplaudir.
Entonces, la maestra le dijo:
—Martí, hoy has hecho algo muy especial. No sólo has tocado una canción: has hecho oír la música que llevas dentro.
Martí sonrió, orgulloso. Aquella noche, antes de acostarse, dejó el xilófono junto a la cama y le susurró:
—Gracias por enseñarme que, incluso con pocas notas, se pueden contar grandes historias.


