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Había una vez, en un pueblo lleno de jardines floridos y calles donde resonaban las risas de los niños, una niña de seis años llamada Isona. Tenía un corazón alegre y una imaginación desbordante. Su mayor tesoro era un muñeco llamado Arnau, ya algo viejo, con una gran sonrisa y ojos brillantes, que la acompañaba en todas sus aventuras.
A Isona le encantaba jugar a las familias con sus amigos del colegio. Convertían cajas de cartón en casitas y hojas en dinero para comprar alimentos imaginarios. Cada piedra y cada palo podía ser un tesoro o un utensilio imprescindible para su hogar.
Un radiante día de primavera, mientras jugaban en el parque, decidieron hacer algo especial: construir un pueblo entero para sus juguetes. Con cajas, telas viejas y muchas ganas empezaron a levantar pequeñas casas, una escuela e incluso un mercado.
Todo iba de maravilla hasta que un fuerte viento empezó a soplar y se llevó algunas telas y hojas. En medio del revuelo, Isona perdió de vista a su querido Arnau. Cuando el viento se calmó, comenzó a buscarlo desesperada, con los ojos llenos de lágrimas de preocupación.
Al ver su tristeza, sus amigos dejaron sus juguetes y se unieron a la búsqueda. Miraron detrás de cada arbusto, debajo de cada banco y entre las hojas esparcidas por el viento. La tarde se convirtió en una aventura de búsqueda y rescate en la que todos demostraron su lealtad y su cariño por Isona.
Por fin, después de muchas carreras y llamadas, uno de ellos gritó:
—¡Lo he encontrado!
Sacó a Arnau de un pequeño hueco bajo la raíz de un árbol. Estaba un poco sucio, pero en perfecto estado. Con una sonrisa radiante, Isona abrazó al muñeco y después a cada uno de sus amigos.
—¡Gracias a todos! ¡Habéis demostrado que somos una gran familia!
Todos rieron y siguieron jugando. Isona y Arnau volvían a estar juntos y podían compartir nuevas aventuras.
Aquel día Isona aprendió el valor de la amistad y la importancia de cuidarse unos a otros, igual que hacían en sus juegos de familias. Mientras se ponía el sol, regresaron a casa sabiendo que, incluso después de pequeñas tormentas, la amistad seguiría siendo un refugio seguro.
Y así, entre juegos y risas, terminó el día con los corazones contentos y la promesa de más aventuras al día siguiente. Una historia pequeña, pero con un gran corazón.


