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Blau tenía tres años y unos ojos tan grandes como la luna llena. Le encantaba hacer cabañas con mantas, pintar con los dedos y bailar descalza por el comedor. Pero lo que más le gustaba, el momento más especial del día, era tomar teta antes de dormir.
Cuando el cielo se pintaba de azul oscuro y las estrellas salían a jugar, Blau se acurrucaba en los brazos de mamá. La teta era como un refugio calentito, como una canción sin palabras. Con los ojos medio cerrados, escuchaba el corazón de mamá y se dormía con un suspiro suave.
Una noche, después del baño y del cuento, mamá la miró con ternura y le dijo:
—Blau, princesa mía… ¿sabes qué? Te estás haciendo mayor. Y pronto aprenderás a dormir sin la teta. Te ayudaré, paso a paso, a encontrar una nueva forma de descansar.
Blau levantó la cabeza, sorprendida.
—Pero… ¿cómo dormiré, mamá, si no tomo teta?
Mamá le dio un abrazo gigante y le dio tres besos: uno en la frente, uno en la nariz y uno en el corazón.
—Dormirás con besos mágicos, con canciones suaves, y con un nuevo amigo: la almohada de los sueños.
—¿La almohada de los sueños? —preguntó Blau, abriendo mucho los ojos.
Aquella noche, mamá le trajo una almohada muy blanda, con una funda azul llena de estrellas. La puso a su lado y le dijo al oído:
—Esta almohada escucha todo lo que le cuentas antes de dormir. Si le hablas, si le explicas qué te ha hecho feliz o qué te ha enfadado, ella lo guarda todo y te ayuda a descansar.
Aquella noche, Blau no tomó teta. Pero mamá le cantó una canción de hilo de luz, le contó un cuento de una niña valiente que dormía bajo la luna, y le dijo:
—Buenas noches, Blau querida. Mi amor estará aquí, aquí, muy cerca de ti.
Blau cerró los ojos, abrazada a su nueva almohada. Al principio le costó. El sueño no llegaba tan rápidamente como antes. Pero poco a poco, con los besos y caricias, sintió el corazón tranquilo y cayó en un sueño dulce como la miel.
Las primeras noches no fueron fáciles. A veces, Blau todavía decía con voz flojita: «Sólo un poco de teta…» Y mamá, con todo el amor del mundo, le respondía: «Ahora te cuento una historia, y te doy un beso que dura toda la noche.»
Y Blau fue descubriendo que podía dormir de otra manera. Sin teta. Con cuentos, abrazos y su nueva magia: la almohada de los sueños.
Porque hacerse mayor no significa perder amor, significa descubrir nuevas formas de amarse.
Y así termina esta historia, pero no el beso de buenas noches. Éste… siempre viaja con ella, cada vez que cierra los ojos.


