Hace muchos años, en una ciudad lejana, vivía un joven llamado Aladino. Era pobre, algo travieso y pasaba los días jugando en vez de ayudar a su madre.
Un día llegó un misterioso hechicero. Fingió ser su tío y lo llevó al desierto, donde abrió con magia una cueva escondida.
—Dentro hay grandes tesoros —le dijo—. Tráeme solamente una vieja lámpara.
Aladino entró y encontró montones de monedas, joyas y piedras preciosas. Recogió la lámpara, pero, cuando quiso salir, el hechicero exigió que se la entregara primero. Aladino desconfió y se negó. Furioso, el hombre cerró la cueva y lo dejó atrapado.
Asustado, Aladino frotó la lámpara para limpiarla. Un genio enorme apareció entre una nube de humo. —Soy el genio de la lámpara. ¿Qué deseas?
—¡Ayúdame a salir! —pidió Aladino. En un instante, volvió a estar fuera y corrió a casa.
El genio podía conceder deseos. Primero llevó comida a Aladino y a su madre. Con el tiempo, el joven conoció a la princesa Badar y se enamoró de ella. Gracias a la ayuda del genio y, sobre todo, a su deseo de convertirse en una persona responsable, Aladino se ganó la confianza de la princesa y del sultán.
Pero el hechicero seguía buscando la lámpara. Disfrazado de mercader, consiguió engañar a la princesa y se la llevó junto con el palacio a un país lejano.
Aladino no se rindió. Usó un anillo mágico para llegar hasta allí, recuperó la lámpara con astucia y liberó a Badar. El genio devolvió el palacio a su lugar.
Aladino y Badar vivieron felices. Aunque conservaron la lámpara, la usaron con prudencia. Aladino había aprendido que la verdadera riqueza no está en el oro, sino en el amor, la responsabilidad y la sabiduría.


