En un pueblo rodeado de montañas vivía Iris, la Bruja de los Colores. No preparaba pociones terroríficas: creaba magia con los colores para ayudar a las personas a sentirse mejor. Con su ropa brillante y su gran sombrero parecía un arcoíris paseando por las calles.
Un día llegó Hana, una niña que acababa de mudarse con su madre. Hana tenía vitíligo, una condición que hacía aparecer zonas más claras en su piel. No le dolía, pero temía que los demás niños se burlaran de ella o no quisieran ser sus amigos.
Su madre la llevó a visitar a Iris. La cabaña de la bruja estaba llena de luces y cristales de todos los colores.
—Hola, Hana. He oído que guardas un miedo. ¿Quieres contármelo?
Hana miró sus manos. —Me da miedo que los demás no me acepten porque mi piel es diferente.
Iris le tomó las manos con ternura. —Tu piel es preciosa. El vitíligo no es algo que debas esconder. Vamos a crear unos colores que te recuerden todo lo que ya llevas dentro.
Mezcló azul y amarillo, y una luz dorada rodeó a Hana. —Este es el color del valor. Después combinó rosa y violeta. —Este es el color de la calma y el cariño. Por último dibujó un arcoíris. —Y este es el color de la aceptación: empieza por mirarte con amabilidad.
Hana volvió a casa más tranquila. Cuando sentía inseguridad, recordaba aquellos colores y respiraba hondo. Poco a poco se acercó a los niños del pueblo, les explicó qué era el vitíligo y descubrió que querían conocerla, jugar con ella y ser sus amigos.
Gracias a Iris, Hana comprendió que su diferencia no era un defecto, sino una parte hermosa de quien era.


