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Había una vez, en las aguas azules y profundas del Mediterráneo, una joven sirena llamada Marina. Vivía en un palacio submarino hecho de coral y perlas, junto a su familia y sus amigos, felices en el fondo del mar.
Marina tenía una cola resplandeciente de color verde mar y una voz tan hermosa que hasta los peces se detenían a escucharla. Pero guardaba un sueño que no podía olvidar: quería saber cómo era el mundo fuera del agua.
Cada día, al ponerse el sol, subía a la superficie. Miraba las playas doradas y los barcos y soñaba con caminar entre los humanos. Deseaba sentir la arena caliente bajo los pies y contemplar las estrellas sin agua sobre su cabeza.
Una tarde, mientras observaba fascinada una fiesta en un gran barco, empezó a formarse una tormenta. El cielo se oscureció y el viento sopló con fuerza. Preocupada, Marina vio que el barco estaba en peligro y nadó hacia él para ayudar.
Con sus amigos del mar lo guio hasta un lugar seguro. Durante el rescate vio a un joven marinero llamado Marc, que luchaba por mantener el control del barco. Su valentía la cautivó.
Después de la tormenta, Marc vio a Marina en el agua. Encantado por su voz y su belleza, la llamó. Pero, antes de que pudiera decirle nada, ella se sumergió tímidamente en las aguas oscuras.
Desde ese día Marc buscó a la sirena que había salvado su barco. Marina, que tampoco dejaba de pensar en él, pedía cada noche un deseo a las estrellas: tener piernas para poder estar a su lado.
Su amiga, el espíritu del mar, escuchó sus deseos y le ofreció un trato. Transformaría su cola en piernas durante un día, con una condición: si Marc no se enamoraba de ella antes de ponerse el sol, regresaría al mar para siempre como sirena.
Marina aceptó, emocionada y nerviosa. Al tener piernas se encontró con Marc en la playa. Él quedó encantado, sin saber que era la sirena de aquella noche de tormenta. Pasaron el día juntos, riendo y contándose historias.
Mientras el sol descendía, Marina empezó a preocuparse. Pero justo antes de que desapareciera, Marc le dijo:
—Estoy enamorado de ti, seas quien seas y vengas de donde vengas.
Con aquellas palabras se cumplió el trato. Marina supo que podría vivir con Marc en tierra y visitar a su familia en el mar siempre que quisiera.
Juntos vivieron muchas aventuras. Marina disfrutó de lo mejor de los dos mundos, sin olvidar nunca la belleza del fondo del mar ni la calidez de la tierra firme.


