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En un pueblo rodeado de montañas y ríos transparentes había una escuela muy especial. Tenía un jardín encantado donde cada planta y cada animal guardaban una historia. Entre sus alumnos estaba Lina, una niña alegre y curiosa que acababa de llegar.
Lina utilizaba una silla de ruedas. Al principio se sentía un poco fuera de lugar, porque todo era nuevo para ella: los compañeros, las aulas y aquel jardín del que había oído tantas maravillas.
Un día, durante el recreo, decidió explorarlo. Pronto descubrió que algunos caminos eran demasiado estrechos y que los escalones le impedían llegar a varios rincones. No era su curiosidad la que faltaba: el jardín necesitaba cambios para que ella pudiera recorrerlo también.
Cuando empezaba a sentirse triste, una voz suave llamó su atención. Era Nora, una mariposa muy habladora que la observaba desde el aire.
—¡Hola, Lina! ¿Hay algún lugar al que te gustaría ir y al que no puedes llegar?
Lina asintió y le contó lo que había encontrado. Juntas empezaron a pensar cómo conseguir un jardín accesible para todos. Desde arriba, Nora podía ver caminos que Lina todavía no conocía y la guio hasta rincones mágicos a los que sí podía acceder.
Un jardín donde todos pueden jugar
Durante la exploración conocieron a Oliver, una ardilla que trabajaba como arquitecto del jardín. Le explicaron sus ideas y él las escuchó con atención. Entusiasmado, empezó a diseñar caminos y zonas de juego que tuvieran en cuenta distintas necesidades.
La noticia se extendió por la escuela y pronto se sumaron los demás alumnos. Con la ayuda de los adultos y siguiendo las indicaciones de Oliver, prepararon rampas, ensancharon caminos y adaptaron los espacios de juego para compartirlos.
Gracias a la iniciativa de Lina y sus amigos, la escuela aprendió una lección sobre inclusión: para que todos participen, hay que escuchar a quienes encuentran barreras y cambiar el entorno cuando es necesario.
El jardín se convirtió en un lugar donde los niños podían explorar, jugar y aprender juntos. Lina empezó a sentirse parte del grupo, y sus propuestas ayudaron a que también otros compañeros disfrutaran mejor del espacio.
Desde entonces vivieron muchas aventuras entre las flores y los árboles. Siempre recordaban que la verdadera magia estaba en compartir, aceptar las diferencias y asegurarse de que nadie se quedara fuera.


