En medio de la plaza del Reloj había un banco azul.
No era lo más nuevo ni lo más cómodo. Tenía una pata algo torcida, dos manchas de pintura verde y una raya que alguien había hecho con rotulador. Pero era el banco del grupo.
Allí se sentaba Jana para dibujar. Saïd hacía botar una pelota de tenis. Mei resolvía el crucigrama del diario del abuelo. Roc desmontaba juguetes estropeados y, a veces, incluso los volvía a montar. Y Cèlia, que hablaba poco pero se fijaba mucho, saludaba a todo el que atravesaba la plaza.
Cada tarde, a las cinco y media, el banco azul se convertía en el centro de operaciones del grupo.
Sin embargo, un lunes lo encontraron rodeado de una cinta roja y blanca.
—PRO-HI-BI-DO —leyó Saïd, tirando de las sílabas—. Esto hace mala pinta.
En el respaldo había un papel pegado.
«Banco fuera de servicio. Se retirará el viernes.»
—¿Retirar? —dijo Jana—. ¿Adónde lo llevarán?
—Quizá le darán una pensión —dijo Roc.
Nadie se rió mucho.
La pata del banco se había resquebrajado. Cuando Saïd la tocó con la punta del zapato, hizo ñic-ñic.
—No podemos sentarnos —dijo Cèlia—. Pero esto no quiere decir que tengan que tirarlo.
Fueron a preguntar en el quiosco. La señora Mercè, que lo sabía casi todo antes de que ocurriera, les explicó que el Ayuntamiento retiraría el banco porque era viejo. Quizás, al cabo de unos meses, pondrían uno nuevo.
—¿Unos meses? —protestó Saïd—. Y mientras, ¿dónde hacemos las reuniones?
—Podéis reuniros de pie —dijo Mercè.
—Las reuniones de pie duran poco —observó Mei.
Esa tarde se sentaron en el suelo, junto a la cinta. Al cabo de cinco minutos, Roc tenía una marca de reja en los pantalones y Jana había apoyado el codo sobre un chicle.
—Necesitamos un plan —dijo ella.
—Yo puedo arreglar la pata —dijo Roc.
—Tú arreglaste mi despertador y ahora suena a las cuatro de la madrugada —le recordó Mei.
—Pero suena —respondió él.
Cèlia miró al banco, la plaza y la gente que pasaba.
—Antes de hacer un plan, debemos saber para quién es importante.
Al día siguiente empezaron una investigación.
Jana preparó una libreta con una cubierta azul. Encima de cada página escribió: «¿Qué haces en el banco azul?».
La respuesta de Miquel, el panadero, fue: «Descanso cuando llevo las cajas de pan al centro de mayores».
La de Alba, que paseaba dos gemelos en un cochecito, fue: «Doy la merienda a los niños. Si no me siento, uno llora y el otro esparce galletas en las palomas».
El señor Tomàs esperaba a su compañero de partida. Nadia, que caminaba con muletas, paraba a medio camino de la farmacia. Fina tomaba el sol. El repartidor de paquetes ordenaba las direcciones. Tres alumnas del instituto repasaban exámenes.
Incluso el perro de la peluquera sacaba provecho: se tumbaba a la sombra que hacía el respaldo.
En dos días llenaron veintisiete páginas.
—El banco no es nuestro —dijo Mei, repasando la lista.
Saïd frunció la nariz.
—¿Es esto una mala noticia?
—No. Es mejor. Quiere decir que somos más.
Jana dibujó un cartel:
SALVEMOS EL BANCO AZUL
El viernes se lo llevan. El jueves, a las seis, reunión en la plaza. Traed ideas. Y alguna silla.
Colgaron copias en el horno, en la farmacia, en el casal de ancianos y en la puerta de la escuela. La señora Mercè puso una en el quiosco, junto a las revistas de cocina.
El jueves, a las seis menos cinco, en la plaza sólo estaba el grupo y cuatro sillas de plástico.
—Será una reunión íntima —dijo Roc.
A las seis en punto llegó Nadia. Después, Alba con los gemelos. Luego, el señor Tomàs con su compañero de partida, que se llamaba Amadeu y llevaba una cinta métrica. Vinieron Fina, Miquel, las tres alumnas del instituto, la peluquera sin el perro y el perro sin permiso de la peluquera.
Al final había treinta y dos personas, seis sillas, un taburete y un cochecito doble.
Todo el mundo hablaba a la vez.
—¡Hagamos una protesta!
—¡Compremos un banco nuevo!
—¡Yo tengo dos palés!
—¡Los palés no son cómodos, Ramón!
Mei hizo chocar dos cucharas que había pedido en el bar.
Clinc, clinc!
—Primero debemos saber si se puede reparar —dijo.
Amadeu había trabajado muchos años de carpintero. Se agachó sin tocar la cinta y examinó la pata.
—La madera está dañada, pero el resto es bueno. Habría que sustituir esta pieza, apretar el respaldo y pulir algunas astillas.
—Y pintarlo —añadió Jana.
—¿Eso es imprescindible? —preguntó Saïd.
—Absolutamente.
Cèlia tomó nota de todo. Luego repartieron los trabajos.
Mei averiguaría cuánto costaba el material. Roc ayudaría a Amadeu a hacer un dibujo técnico de la pieza. Jana prepararía una carta. Saïd recogería firmas. Cèlia hablaría con todas las personas que no habían podido venir.
—Y los mayores, ¿qué haremos? —preguntó Miquel.
—Escuchar cuando nos atascamos —dijo Cèlia—. Y ayudar con lo peligroso.
Al día siguiente por la mañana, antes de ir a la escuela, el grupo ya tenía ciento tres firmas, un presupuesto, tres fotografías y una carta que empezaba así:
Este banco no es sólo cuatro maderas. Es un sitio donde la gente descansa, espera, conversa y se encuentra.
Por la tarde acudieron a la oficina del barrio. Les recibió una técnica municipal llamada Olga y llevaba unas gafas rojas.
Leyó la carta. Miró las fotografías. Estudió el dibujo de Amadeu.
—Habéis hecho un trabajo muy completo —dijo—. Pero no podéis reparar mobiliario público por vuestra cuenta. Existen normas de seguridad.
Roc bajó la cabeza.
—Ya lo sabíamos —dijo Cèlia—. Por eso hemos venido.
—El banco debe retirarse mañana —continuó Olga—. La orden ya está dada.
El grupo se quedó en silencio.
Entonces Jana vio que Olga aún hojeaba la libreta azul.
—Pero —añadió la técnica— retirarlo no significa tirarlo. Puedo pedir que lo lleven al taller municipal. Si la estructura es segura, podrán repararlo.
—¿Y cuánto tardarán? —preguntó Saïd.
—No os engañaré. Hay una lista de espera.
Mei abrió su presupuesto.
—Nosotros podemos aportar el dinero del material.
—Y la plaza puede esperar sin quedarse vacía —dijo Cèlia—. Tenemos otra idea.
Ese sábado, el banco azul ya no estaba. Sin embargo, en su lugar aparecieron doce sillas diferentes.
Había una de cocina, tres de terraza, una plegable, una mecedora que no paraba quieta y una sillita infantil donde sólo cabía medio Saïd.
Cada silla llevaba una etiqueta: «Siéntate, pero devuélvela por la noche al quiosco».
La plaza hacía un poco de risa. Parecía que un comedor se hubiera peleado con un bar y ambos hubieran salido a la calle.
Pero funcionaba.
La gente se sentaba, las sillas cambiaban de sitio y, cuando alguien necesitaba una, siempre había unas manos dispuestas a acercarle. Las tres alumnas del instituto pintaron un cartel con un contador de días. Miquel dejó una hucha en forma de barra de pan. Los gemelos echaron dos botones, una piedra y, finalmente, una moneda de verdad.
Al cabo de una semana habían recogido dinero suficiente para el material. Al cabo de dos, Olga les envió una fotografía del banco al taller. A las tres semanas, llegó la noticia: la estructura era segura y la reparación había comenzado.
—¿Cuánto falta? —preguntaba Saïd cada tarde.
—Menos que ayer —respondía Mei.
El banco regresó un jueves por la mañana.
Tenía la pata nueva, el respaldo firme y la madera bien pulida. Los operarios le habían dejado sin pintar porque Jana había pedido un último trabajo para el barrio.
Aquella tarde, bajo la mirada de Amadeu y con botes de pintura apta para exterior, todo el mundo dejó una pequeña marca azul: una ola, una estrella, un zapato, una espiga, unas gafas, un perro, dos muletas, una pelota de tenis y veintisiete cosas más.
Roc pintó un despertador con las agujas a las cuatro.
—Esta broma nunca morirá, ¿verdad? —preguntó.
—Nunca —dijo Mei.
Cuando la pintura se secó, nadie corrió a ocupar el primer puesto. Nadia se sentó para descansar. Después, el señor Tomàs y Amadeu empezaron una partida. Alba repartió la merienda a los gemelos sin perder ni una galleta.
La pandilla se sentó en el suelo, delante.
—Tanto trabajo para quedarnos sin sitio —protestó Saïd.
Cèlia señaló las sillas esparcidas por la plaza.
—Ahora tenemos muchos.
Jana abrió la libreta azul por una página nueva y escribió:
Próximo asunto: la fuente que salpica a todo el mundo menos a quien tiene sed.
Roc se levantó de un salto.
—¡Eso sí lo sé arreglar!
—Tú no tocas la fuente —gritaron todos a la vez.
Y la carcajada del grupo, de las familias, de los abuelos y de los vecinos llenó la plaza del Reloj de punta a punta.


