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En la víspera de la Castañada, Mar y su hermano Biel fueron a cosechar castañas con la abuela. Debajo del castaño más viejo encontraron cinco frutos que llevaban una marca en forma de estrella.
—No las pongáis al fuego todavía —advirtió la abuela—. Las castañas de estrella tienen un secreto que sólo se descubre compartiendo.
Los hermanos las guardaron en una cesta. Aquella noche, justo cuando la plaza se llenaba de gente, una tormenta apagó todas las luces. La calle quedó tan oscura que nadie se atrevía a moverse. La castañera no encontraba las papelinas, los músicos habían perdido las partituras y el señor Llorenç, que caminaba con bastón, se había quedado detenido en el portal de su casa.
Mar cogió una de las castañas. No ocurría nada. Biel la frotó, la sacudió e incluso le cantó una canción. Seguía oscura.
—La abuela ha dicho que el secreto era compartir —recordó Mar.
Dieron la primera castaña a la castañera. En cuanto tres manos coincidieron sobre el fruto, la estrella se encendió. No ardía: emitía una luz cálida como la de un farolillo.
Entregaron la segunda a los músicos, la tercera a un grupo de niños y la cuarta a la panadera. Cada castaña brillaba más cuando pasaba de una mano a otra. Con la quinta, Mar y Biel fueron a buscar al señor Llorenç. Él la sostuvo mientras los hermanos le acompañaban hasta la plaza.
Cuando llegaron, las cinco luces se elevaron unos centímetros y dibujaron una enorme estrella sobre las mesas. La fiesta continuó entre canciones, risas y papelinas calientes.
Al rato volvió la electricidad y las castañas se apagaron. Parecían frutos normales, pero nadie quiso cocerlas. Las plantaron junto a la fuente.
Con los años crecieron cinco castaños. Cada otoño daban frutos con una marca de estrella. El pueblo los repartía entre las personas que llegaban solas a la fiesta, porque habían aprendido el secreto: hay luces que sólo aparecen cuando alguien decide compartirlas.


