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El robot que quería aprender a abrazar

El cuento de El robot que quería aprender a abrazar

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En una ciudad llena de puentes transparentes y autobuses que circulaban sin ruedas, vivía un robot llamado R-0. Había sido construido para ayudar a la escuela: ordenaba los libros, regaba las plantas y encontraba cualquier lápiz perdido en menos de siete segundos.

R-0 sabía calcular distancias, traducir doce idiomas y recordar los cumpleaños de todos. Pero había algo que no entendía.

Los abrazos.

Cada mañana veía cómo algunas familias se abrazaban a la puerta de la escuela. Cuando alguien estaba triste, un amigo le pasaba el brazo por el hombro. Cuando el equipo ganaba un partido, los jugadores se juntaban en una montaña de risas.

—¿Qué función tiene un abrazo? —preguntó a la maestra.

—Puede decir muchas cosas sin palabras —respondió ella.

R-0 buscó la respuesta en su base de datos.

ABRAZO: acción de rodear a alguien con los brazos.

Parecía sencillo.

Durante el patio vio a Mei, que había marcado un gol.

—INICIO ABRAZO DE FELICITACIÓN —anunció.

Avanzó con los brazos abiertos. Mei dio un paso atrás.

—¡Espera! Prefiero chocar las manos.

R-0 se detuvo.

—ERROR. ¿El abrazo no era correcto?

—No era el momento para mí —explicó Mei—. Pero podemos hacerlo así.

Chocaron las manos. ¡Clinco!

R-0 guardó un dato nuevo: un abrazo no se hace sólo porque alguien está contento.

Al día siguiente encontró a Biel sentado solo. Parecía triste.

—INICIO ABRAZO DE CONSUELO —dijo el robot.

—Ahora no —respondió Biel—. Necesito estar un rato solo.

R-0 bajó los brazos.

—¿Puedo sentarme aquí sin hablar?

Biel asintió.

Estuvieron juntos en silencio hasta que sonó el timbre. Antes de volver a clase, Biel dijo:

—Gracias por quedarte.

R-0 guardó otro dato: a veces, acompañar es mejor que abrazar.

Esa semana siguió observando. Descubrió abrazos cortos, largos, tímidos y saltarines. También vio besos, sonrisas, manos cogidas y personas que mostraban cariño manteniendo algo de distancia.

Cuanto más aprendía, menos clara le parecía la definición del diccionario.

El viernes, durante una tormenta, un trueno muy fuerte apagó las luces de la escuela. La pequeña Aina se quedó quieta en el pasillo.

—Tengo miedo —dijo.

R-0 encendió la luz de su pecho.

—Estoy aquí. ¿Quieres que te coja la mano, que te abrace o que camine a tu lado?

Aina pensó un momento.

—Un abrazo, por favor.

R-0 se agachó y abrió los brazos lentamente. Aina se acercó. Los sensores del robot detectaron presión, calor y un latido rápido que poco a poco se calmó.

R-0 no apretó demasiado. Tampoco se apartó enseguida. Esperó a que fuera Aina quien soltara los brazos.

—¿Ha funcionado? —preguntó.

—Sí —dijo ella—. Ahora el miedo es más pequeño.

Cuando la luz volvió, R-0 revisó los datos. No encontraba ninguna fórmula que explicara del todo lo sucedido.

La maestra se acercó.

—Creo que ya has aprendido a abrazar.

—He aprendido tres pasos —dijo el robot—. Primero, observar. Segundo, preguntar. Tercero, escuchar la respuesta.

—Exacto.

—Pero todavía no entiendo cómo un abrazo puede hacer más pequeño un miedo.

La maestra sonrió.

—Hay cosas que no hace falta calcular para poder cuidarlas.

Desde ese día, R-0 nunca empezaba un abrazo sin preguntar. Algunos niños decían que sí. Otros preferían chocar las manos, hablar o tener compañía en silencio. Para el robot, todas esas respuestas eran igualmente importantes.

Con el tiempo, alguien enganchó una etiqueta nueva en su pecho. Ya no decía «Robot de ayuda escolar. Decía:

«R-0, experto en escuchar.»

Y ésta era una habilidad que no le habían instalado en la fábrica. La había aprendido de sus amigos.

FIN

Categorías: Cuentos cortos · Cuentos educativos · Cuentos inclusivos · Cuentos para niños de 8 y 9 años · Cuentos para trabajar las emociones
Temáticas: Cuentos sobre el aprendizaje · Cuentos sobre el respeto · Cuentos sobre la amistad · Cuentos sobre la empatía · Cuentos sobre las emociones

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