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El plástico contra el cristal

El plàstic contra el vidre

El cuento de El plástico contra el cristal

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Era una vez un laboratorio de la llanura de Vic, era un espacio pequeño y acogedor, estaba rodeado de muebles de color blanco con muchos cajones y se encontraban muchas sustancias peligrosas.

Allí trabajaban dos chicas con caracteres totalmente distintos. Gal·la era una chica muy simpática, responsable y ordenada, en cambio, su compañera de trabajo, Èlia, era todo lo contrario ella era poco amistosa, no le gustaba la compañía y era muy desordenada.

Sus diferencias provocaban discusiones al trabajar. En la primera práctica debían calentar una muestra de agua congelada al baño maría. Gal·la quiso cambiar el recipiente indicado sin consultar a la profesora. Èlia protestó, pero ninguna escuchaba a la otra. La profesora detuvo la práctica y les explicó que debían comprobar juntas el procedimiento y utilizar el material adecuado antes de empezar.

En otra práctica había que calentar una muestra en un horno. Esta vez Èlia eligió un recipiente de plástico sin comprobar si soportaba la temperatura. Una compañera avisó a la profesora antes de que lo introdujeran. La profesora les recordó que cada material tiene sus límites y que debían preguntarle si tenían dudas. Gal·la y Èlia volvieron a culparse en vez de colaborar.

Un lunes normal y corriente realizaron un análisis entre las dos chicas, en el que se utiliza un ácido muy fuerte y peligroso para la salud. En un punto del procedimiento decía que debían verter ácido a un vaso de precipitados, pero como no decía exactamente el tipo de material, si debían ser de cristal o de plástico, Gal·la y Èlia empezaron a discutir sobre qué tipo de utilizaste para realizar la práctica. En medio de la discusión el vaso de cristal le susurró en el vaso de plástico

-“Debemos parar la discusión”.

– Tienes razón, amigo mío. Si siguen discutiendo, nadie aprenderá nada.

Gal·la y Èlia, que estaban tan concentradas peleándose de que no se habían dado cuenta de nada más, oyeron de repente un ¡clin! y un ¡ploc! muy extraños.

Se miraron a los vasos… y los vasos las miraban a ellas.

-Eh! -dijo el vaso de cristal-. No hace falta discutir. Cada uno de nosotros sirve para cosas distintas.

-Exacto -Añadió el vaso de plástico-. Lo importante es preguntar, escuchar y trabajar juntos.

Las dos chicas se quedaron boquiabiertas. Nunca nadie les había dado un consejo tan claro… ¡y menos aún un vaso!

Entonces apareció la profesora con una gran sonrisa y explicó tranquilamente qué vaso era el más seguro para esa práctica. Gal·la y Èlia asintieron, algo avergonzadas, pero también aliviadas.

– Lo siento – dijo Gal·la.

– Sí, mejor si cooperamos – añadió Èlia.

Al finalizar la práctica, ambas chicas aprendieron a trabajar juntas dejando aparte sus diferencias para obtener un buen resultado. Puesto que cuando se trabaja en grupo se aprenden más cosas. Por último, aparte de ser buenas compañeras se hicieron amigas y catacrac, catacrac el cuento se ha terminado.

 

Escrito por:

Aminata Diarra, Marta Gomez y Erola Rotllant.

Instituto de Vic

Departamento de química

Curso 2025-2026

QUD0 Laboratorio de análisis y control de calidad

FIN

Categorías: Cuentos cortos · Cuentos educativos · Cuentos para niños de 10 años o más · Cuentos para niños de 8 y 9 años · Cuentos para trabajar las emociones
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