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En una granja rodeada de campos verdes y caminos de tierra, vivía un niño llamado Marc.
Marc tenía cuatro años y, aunque era pequeño, sabía algo muy importante: hay cosas que no se pueden comprar ni con todas las monedas del mundo.
Por ejemplo, la amistad.
En la granja había vacas, tractores, una gran cosechadora que hacía mucho ruido cuando llegaba el tiempo de segar… y también estaba Playboy.
Playboy era un caballo blanco.
No era demasiado alto. De hecho, era un caballo bajito, con las patas firmes y redondas. Tenía muy poca crin, como si el viento le hubiera ido tomando los pelos uno por uno. Pero a Marc le parecía el caballo más bonito de todas las granjas del mundo.
—Hola, Playboy —le decía cada mañana.
Y Playboy hacía:
—¡Hiiiiiii!
Marc le acariciaba la frente.
—¿Has dormido bien?
Playboy volvía a hacer:
—¡Hiiiiiii!
—Yo también.
Y así empezaba el día.
Marc amaba mucho a Playboy.
Pero un día descubrió algo que todavía no sabía.
Amar a alguien no es sólo darle abrazos.
Aquella mañana, Marc tenía muchas ganas de jugar. Corrió hasta el vallado.
—¡Playboy! Playboy! ¡Ven!
Pero Playboy no se movió.
Marc frunció la nariz.
—¡Venga, Playboy!
El caballo seguía quieto.
Marc se enfadó un poco.
—¡Siempre quieres hacer lo que tú quieres!
Entonces se acercó y vio que Playboy tenía un poco de barro pegado a una pata.
—Oh…
El caballo le miró con esos ojos grandes y tranquilos.
Marc entendió que no era que Playboy no quisiera jugar.
Quizá le dolía.
Así que fue a buscar ayuda.
Con mucho cuidado, le limpiaron la pata y comprobaron que no fuera nada grave. Marc se quedó junto a Playboy un buen rato.
No jugó.
No corrió.
No dio ninguna vuelta por la granja.
Simplemente se quedó ahí.
Con él.
Y Playboy, de vez en cuando, acercaba el hocico a su brazo.
Como si le dijera:
—Gracias por quedarte.
Desde ese día, Marc empezó a cuidar a Playboy de una manera diferente.
Todas las mañanas miraba si tenía agua.
Comprobaba que estuviera bien.
Le acariciaba sin estirarle la crin.
Y, cuando le daba comida, esperaba pacientemente.
—Primero tú —le decía.
Playboy masticaba.
—Y después yo.
En la granja, Marc también aprendió que las vacas necesitaban agua limpia, que los tractores debían cuidarse para que pudieran trabajar y que la gran cosechadora no era sólo una máquina enorme que hacía ruido.
Todo lo que ayuda a la granja también necesita que alguien lo cuide.
—Si lo cuidamos —decía Marc—, nos ayuda.
Y eso, aunque parecía una frase pequeña, era una idea muy grande.
Un atardecer, el sol empezaba a bajar detrás de los campos.
Marc estaba sentado junto a Playboy.
El caballo blanco apacentaba tranquilamente.
El niño le puso una mano sobre el cuello.
—¿Playboy?
El caballo levantó la cabeza.
—¿Sabes qué?
Playboy movió una oreja.
—Yo creo que tú y yo somos amigos.
El caballo se acercó un poco más.
Marc sonrió.
—Pero no porque yo sea tu amo.
Pensó un poco.
—Somos amigos porque nos cuidamos.
El caballo soltó un soplo suave.
—Ffffff…
Y Marc se rió.
—¡Eso es que sí!
El cielo se fue volviendo naranja.
Las vacas estaban ya tranquilas.
Los tractores descansaban.
La gran cosechadora había quedado en silencio.
Y, en medio de toda esa calma, un niño pequeño y un caballo blanco se quedaron juntos.
Marc todavía no sabía explicar qué era amar.
Era demasiado pequeño para contarlo con palabras grandes.
Pero sabía hacerlo.
Lo sabía cuando daba agua a Playboy.
Lo sabía cuando esperaba que se encontrara mejor.
Lo sabía cuando le acariciaba con delicadeza.
Y lo sabía sobre todo cuando entendía que cuidar a alguien significa pensar también en lo que necesita el otro.
Porque amar no es querer que alguien haga siempre lo que nosotros queremos.
Querer es mirar, escuchar, tener paciencia y cuidar.
Aquella noche, antes de acostarse, Marc miró hacia el cercado.
—Buenas noches, Playboy.
El caballo levantó la cabeza.
—Hiiiiii…
Marc sonrió.
—Buenas noches, amigo mío.
Y mientras la noche caía sobre la granja, Playboy se quedó allí, blanco y bajito, con su poca crin en el viento.
Y Marc fue a dormir sabiendo algo que quizá le costaría muchos años contar:
cuando cuidamos lo que amamos, el amor crece.


