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La magia de las manos limpias

La màgia de les mans netes

El cuento de La magia de las manos limpias

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Había una vez una clase llena de niños y niñas muy curiosos. Todos los días, antes de desayunar, la maestra Laia les decía con una sonrisa:

—Antes de comer, ¡nos lavamos las manos!

La mayoría de los alumnos iban corriendo hacia el fregadero, abrían el grifo, cogían jabón y se frotaban muy bien los dedos, las palmas e incluso entre las uñas.

Pero Biel siempre tenía mucha prisa.

—¡Yo ya tengo las manos limpias! —decía, aunque acabase de jugar en el patio, tocar la arena, coger piedras y pasarse las manos por el pelo.

Un día, después de jugar a pelota, Biel entró en clase con mucha hambre. Encima de la mesa había un bocadillo buenísimo de queso.

—¡Mmmm! —dijo—. ¡Me lo comeré ahora mismo!

Su amiga Ona le miró y le dijo:

—Biel, primero lávate las manos. Has estado jugando en el patio.

—¡No hace falta! —respondió él—. No veo nada sucio.

Ona pensó un momento y cogió una lupa de la clase.

—Quizás no lo ves, pero eso no quiere decir que no esté.

De repente, la lupa empezó a brillar. ¡Era una lupa mágica! Cuando Biel miró las manos a través de ese cristal especial, dio un salto atrás.

—¡Uaaaaau! ¿Qué es esto?

En sus manos había unos pequeños puntitos que saltaban, bailaban y reían. ¡Eran microbios!

—¡Somos tan pequeños que no puedes vernos! —gritaban los microbios—. ¡Pero nos gusta viajar de mano en mano, y más si alguien come sin lavarse!

Biel se quedó boquiabierto. Miró su bocadillo y después sus manos.

—¿Así que… si como ahora, estos microbios pueden entrar en mí?

—Exacto —dijo la maestra Laia con calma—. Por eso lavarse las manos es tan importante. Nos ayuda a cuidarnos y también a cuidar a los demás.

Biel no perdió ni un segundo. Fue hacia el fregadero, abrió el grifo y cogió jabón.

Primero se mojó las manos.

Luego se puso jabón.

Frotó las palmas, el dorso de las manos, entre los dedos y debajo de las uñas.

Se frotó durante al menos veinte segundos mientras cantaba una canción.

Finalmente, se aclaró bien y se secó con una toalla limpia.

Cuando volvió a mirarse las manos con la lupa mágica, muchos de aquellos puntitos habían desaparecido.

—¡Oh! ¡Hay muchos menos! —dijo feliz.

—No es magia —explicó Ona—. ¡Es jabón!

Todos se rieron.

Desde ese día, Biel siempre se lavaba las manos antes de comer, después de ir al baño, después de jugar al patio y cuando llegaba a casa. También recordaba a sus compañeros que las manos limpias ayudaban a estar sanos y felices.

Y así, en esa clase, todo el mundo aprendió una gran lección: aunque la suciedad no siempre se vea, lavarse las manos es una manera sencilla y muy importante de cuidarnos.

Y catacric, catacrac, con las manos bien limpias este cuento ha terminado.

FIN

Categorías: Cuentos cortos · Cuentos educativos · Cuentos para niños de 4 y 5 años · Cuentos para niños de 6 y 7 años · Cuentos para trabajar las emociones
Temáticas: Cuentos con enseñanzas · Cuentos de magia · Cuentos sobre ayudar a los demás · Cuentos sobre el aprendizaje · Cuentos sobre el respeto · Cuentos sobre la autonomía · Cuentos sobre la colaboración · Cuentos sobre la curiosidad · Cuentos sobre la empatía · Cuentos sobre la felicidad · Cuentos sobre la responsabilidad

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