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En una casa llena de risas vivían dos hermanos muy especiales:
Jaume, que tenía cinco años, y Salvador, que tenía tres.
Jaume era el hermano mayor. Sabía hacer muchas cosas: vestirse solo, contar historias y correr muy rápidamente. Salvador era más pequeño, le gustaba observarlo todo y seguir a su hermano en todas partes.
—¡Jaume! —gritaba a menudo Salvador—. ¡Espérame!
A veces Jaume quería jugar solo.
—Ahora no, Salvador… —decía un poco cansado.
Y Salvador se quedaba quieto, con los ojos algo tristes.
Un día, mientras jugaban en el parque, Salvador cayó y se hizo daño en la rodilla. Empezó a llorar fuerte. Antes de que nadie llegara, Jaume ya estaba a su lado.
—No llores, pequeño —le dijo—. Yo estoy aquí.
Le ayudó a levantarse y le dio un abrazo muy fuerte. En ese momento, Jaume sintió algo nuevo dentro del pecho: un cariño grande, muy grande.
Aquella noche, Jaume tuvo un sueño. Soñó que él y Salvador estaban unidos por un brillante hilo que salía de su corazón y llegaba hasta el de su hermano. El hilo no podía verse, pero siempre estaba allí.
Una voz dulce le dijo:
—Este hilo es el amor entre hermanos. Nunca se rompe, aunque discutáis o estéis enfadados.
Al día siguiente, Jaume decidió cuidar más a su hermano. Le enseñó a construir torres, le dio la mano para cruzar la calle y le contó cuentos antes de dormir.
Y Salvador, con una gran sonrisa, dijo:
—Te quiero, Jaume.
Jaume le abrazó y respondió:
—Yo te querré siempre, pase lo que pase.
Porque los hermanos son esto: compañeros de vida, abrazos que curan y un amor incondicional que dura para siempre.


