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En la clase de la Luna, donde las paredes eran de color amarillo sol y los libros tenían cuentos que a veces se abrían y cantaban, vivía una maestra llamada Caterina.
Caterina no era una maestra cualquiera. Tenía el pelo rizado como los copos de algodón y unos ojos que le brillaban como dos estrellas cuando sonreía. Y sonreía mucho, muchísimo. Todo el mundo decía que su voz sonaba como una melodía suave, como el zumbido de una abeja contenta.
Cada mañana, cuando los doce niños y niñas de la clase de la Luna abrían la puerta, Caterina los recibía con un abrazo que sabía a fresa y a una mañana de primavera. No era un abrazo rápido, no. Era un abrazo que decía: «Me alegro mucho verte, para mí eres muy especial.
Las clases con Caterina eran mágicas. A veces, la clase se transformaba en un gran océano azul y todos nadaban con los brazos, cantando canciones de peces y sirenas. Otros días, se convertían en un bosque lleno de setas gigantes y tenían que caminar a cuatro patas como los osos, haciendo muecas que les echaban a reír.
Pintaban dragones de colores que escupían flores en vez de fuego, y construían castillos con bloques de plástico tan altos que casi tocaban el techo. Pero, de todo lo que hacían, había algo que era lo más especial de todo: el Rincón de los Abrazos.
El Rincón de los Abrazos era un lugar pequeño, con almohadas blandas como nubes y una manta que era todo pelo. Cuando alguien se sentía un poco triste porque encontraba difícil un dibujo, o cuando alguien se enfadaba un poco por un juguete, Caterina le decía con la voz más dulce:
—Eh, parece que hoy necesitas un rato en nuestro rincón especial.
Y ahí iban. No hacían falta muchas palabras. Caterina se sentaba con el niño o la niña, le abrazaba fortito y le cantaba una cancioncilla tranquila. A veces, le contaba un cuento breve con una voz que sonaba como el susurrar de las hojas. El cariño de Caterina era como una pompa de jabón que te cubriera y te protegiera. Después de unos minutos en el rincón, la tristeza se desvanecía como un fantasma con miedo, y el corazón volvía a llenarse de valentía y alegría.
Un día, Laura, que era la más pequeña de la clase, trajo su muñeco de trapo preferido, “Pepet”. Pero, durante la hora del patio, Pepet se quedó enredado detrás de un árbol y se hizo una pequeña grieta. Laura empezó a llorar con lágrimas grandes como guisantes.
Caterina no dijo “no llores”. Tampoco dijo «es sólo un muñeco». Se acercó, cogió a Pepet con mucho cuidado y se sentó con Laura en el Rincón de los Abrazos.
—Pepet es muy valiente —susurró Caterina—. Y las personas valientes a veces se hacen un rasguño. Pero mira.
Sacó un pequeño neceser con hilos de todos los colores y una aguja sin pincho. Con sus manos que parecían hacer magia, empezó a coser la grieta, punto a punto, mientras cantaba:
Punto, punto, puntillo,
la herida se cierra pronto,
con un hilo dorado y azul,
Pepet quedará sanado.
Al terminar, la herida se había convertido en una pequeña línea dorada que parecía una sonrisa. Laura dejó de llorar. Cogió su muñeco, le apretó contra su pecho y después abrazó a Caterina con toda su fuerza.
—Gracias, maestra —dijo con una vocecita.
—De nada, amor mío —respondió Caterina, devolviendo el abrazo—. En nuestra clase, todo puede arreglarse con un poco de paciencia y mucho, mucho amor.
Y así era. Porque Caterina sabía que las lecciones más importantes no estaban en los libros, sino en el cariño que se respiraba en la clase de la Luna: un cariño que crecía con cada canción, con cada carcajada y, sobre todo, con cada abrazo que hacía que todos se sintieran amados y seguros.
Y al final del día, cuando los padres venían a buscar a sus hijos, los niños se despedían con un abrazo que desprendía una sensación de promesa: mañana volverían a vivir otra maravillosa aventura junto a la maestra más dulce del mundo.


