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Pocapor

En Pocapor - Conte por superar la por

El cuento de Pocapor

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En un pueblecito tranquilo, lleno de casitas con tejados rojos y calles de piedras redondas, vivía Lluc, un niño de cinco años con unos ojos tan brillantes como estrellas y una sonrisa que calentaba como un rayo de sol. En su casa, al final de la calle de la fuente, Lluc jugaba, cantaba y soñaba con aventuras cada día.

Pero, como todos los niños, a veces sentía cosas que no entendía muy bien: un latido rápido en el corazón, una sensación extraña en la barriga, ganas de esconderse debajo de la sábana… Era el miedo. Y cada vez que aparecía, también lo hacía él: Pocapor .

Pero… ¿quién era Pocapor?

No era un monstruo. Ni un fantasma. Ni siquiera una sombra oscura. Pocapor era una bolita suave, de un azul suave como el cielo de verano, con unos ojos pequeños y redondos que brillaban como dos gotas de luz. Tenía una vocecita dulce y cálida, como un abrazo, y podía hacerse mayor como un armario o pequeño como un dedo. Todo dependía de cómo se sentía Lluc.

La primera vez que Lluc le vio fue una noche que no podía dormir. Los árboles bailaban por el viento, y las ramas hacían sombras extrañas en las paredes de la habitación. Lluc se escondía bajo las sábanas, con el corazón latiendo fuerte. Y de repente, allí, cerca de la almohada, apareció una bolita azul que temblaba como él.

—Hola… —dijo con voz suave—. Me llamo Pocapor. Vengo cuando sientes miedo, pero no por darte miedo. Vengo para ayudarte a entender lo que te pasa.

Lluc abrió mucho los ojos. No estaba seguro de si iba a gritar o preguntar algo. Pero la bolita sonreía. No daba miedo. Hacía compañía.

—¿Eres… real? —murmuró.

—Soy tan real como tus emociones. No puedes verme siempre, pero me sientes cada vez que te parece que todo es demasiado grande o desconocido. Yo aparezco para estar contigo.

Desde ese día, Pocapor se convirtió en un compañero invisible pero presente. Cuando Lluc veía una película de dinosaurios demasiado feroces, Pocapor se hacía tan grande como un elefante, y se sentaba a su lado, tapándose los ojos con las orejas. Si había tormenta, Pocapor temblaba como una hoja y se acurrucaba en su almohada. Cuando oía ruidos desconocidos de noche, se ponía debajo de la cama, susurrando: «Sólo es el viento. Sólo es el vecino.»

Y cuando Lluc no tenía miedo, Pocapor se hacía tan pequeño que se escondía en un bolsillo imaginario, durmiendo como un pajarito.

Pero una noche de tormenta ocurrió algo especial. Los rayos iluminaban las paredes y las sombras bailaban como gigantes. Lluc despertó con un sobresalto y vio que Pocapor se había hecho tan grande que apenas cabía en la habitación. Era como si todo el miedo del mundo hubiera venido de repente.

—¡No! —gritó Lluc, asustado—. ¡No quiero que vuelvas más!

Pocapor se hizo pequeño enseguida, y con voz dulce, le dijo:

—No vengo para asustarte. Vengo porque algo te preocupa. Yo no soy el miedo. Soy el recordatorio de que puedes entenderlo. Y que tú, Lluc… eres muy valiente.

Aquellas palabras le llegaron adentro. Y desde esa noche, Lluc y Pocapor hicieron un pacto: explorarían juntos todos los miedos.

Descubrieron que la oscuridad escondía juguetes que parecían monstruos, pero sólo eran muñecos y peluches. Que los ruidos fuertes eran el señor Martí arreglando el viejo coche. Que el perro mayor de la calle ladraba fuerte, pero sólo quería jugar a pelota.

Y Lluc aprendió un pequeño truco que funcionaba casi siempre. Cuando sentía que Pocapor empezaba a crecer, se paraba, respiraba hondo, contaba hasta tres… y se preguntaba: “¿Esto es realmente peligroso?” Y casi siempre la respuesta era no.

Con el tiempo, Pocapor ya no era un gigante que llenaba la habitación. Era una bolita pequeña como una naranja, que se sentaba en el hombro de Lluc y, de vez en cuando, le decía:

—Recuerda: no tienes que asustarte de mí. Estoy aquí para ayudarte a entenderte.

Ahora, cuando Lluc siente miedo, no se esconde. Abraza a Pocapor, cierra los ojos, coge aire… y camina adelante. Porque ha descubierto que el coraje no es no tener miedo. Es saber escucharlo y continuar.

Y así termina esta historia, pero no lo aprendido.

El miedo, si lo escuchas con cariño, puede ser una brújula que te ayuda a crecer. Porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre existe una luz.

FIN

Categorías: Cuentos de magia y fantasía · Cuentos para dormir · Cuentos para niños de 6 y 7 años · Cuentos para trabajar las emociones
Temáticas: Cuentos para afrontar el miedo · Cuentos sobre el valor · Cuentos sobre las emociones

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