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En un valle frondoso, rodeado de montañas y bosques, vivía un rebaño de ovejas. Eran conocidas por su lana suave y su carácter tranquilo. Pasaban los días pastando en los prados verdes y jugando cerca del bosque.
Un día llegó al valle un lobo llamado Ferran. Era grande y fuerte, de pelaje espeso y mirada penetrante. A diferencia de otros lobos, no parecía interesado en perseguir a las ovejas. Se acercó con palabras amables y una sonrisa amistosa.
Sorprendidas por su comportamiento, las ovejas empezaron a confiar en él. Ferran les contaba historias fascinantes de sus viajes y les enseñaba rincones donde crecía la hierba más tierna. Con el tiempo lo aceptaron como parte del grupo.
El lobo jugaba con ellas en el bosque, corría por los prados y las ayudaba cuando alguna se perdía o tenía dificultades. Las ovejas dejaron de recordar que los lobos cazan para alimentarse. Lo veían como un compañero en quien podían confiar sin reservas.
Sin embargo, Ferran empezó a sentir el impulso de cazar. La amistad con el rebaño entraba en conflicto con sus instintos. Aunque trataba de resistirse, cada vez le costaba más ignorarlos.
Una lección sobre la prudencia
Un día, mientras el rebaño jugaba en el bosque, Ferran sintió un hambre intensa. De pronto se lanzó sobre una de las ovejas. Las demás, asustadas por el ataque, corrieron hacia los prados y se alejaron del lobo al que habían considerado su amigo.
Después de aquel incidente comprendieron que no bastaba con escuchar palabras agradables. También debían observar los actos y tener en cuenta los riesgos. Ferran se había mostrado protector, pero seguía siendo un animal cazador.
Solo en el bosque, el lobo reflexionó sobre lo ocurrido. Sentía culpa por haber roto la confianza del rebaño y comprendió que no podía prometer una seguridad que no era capaz de mantener.
Las ovejas volvieron a su vida tranquila, con una nueva experiencia que compartir. Continuaron siendo amables, pero aprendieron a actuar con prudencia y a protegerse cuando una situación les hacía sentir inseguras.
Esta fábula utiliza animales para invitarnos a pensar sobre la confianza. Nos recuerda que las palabras deben ir acompañadas de hechos y que pedir ayuda o alejarse de un peligro también es una forma de cuidarse.


