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Ona había invitado a cuatro amigos a dormir en casa la noche de Halloween. Llevaban pijamas a rayas, capas, zapatillas de animales y suficientes palomitas para llenar una bañera. Antes de acostarse, todos dejaron los calcetines junto a la escalera.
Al cabo de un rato desapareció un calcetín lila. Luego, uno verde con estrellas. Por último, sólo quedaban piezas desparejadas.
Ona cogió una lupa de juguete y siguió un rastro de hilos hasta el desván. La puerta estaba medio abierta. Dentro, entre baúles y guirnaldas de murciélagos, algo estornudaba.
—¡Achís!
Los niños descubrieron un monstruo diminuto y peludo. Se llamaba Mico y había construido una casita con calcetines. Llevaba uno naranja como sombrero y uno azul como manta.
—La buhardilla está fría —explicó—. Pensaba devolverlos antes del desayuno.
Uno de los amigos quería recuperarlos enseguida, pero Ona vio que el pequeño monstruo temblaba. Buscaron una caja de cartón, recortes de ropa y una bufanda vieja. Entre todos construyeron una casa con puerta, ventana y un tejado que no caía.
Mico devolvió cada calcetín, aunque algunos estaban un poco estirados. Para ordenarlos, los niños montaron un desfile: rayas con rayas, estrellas con estrellas, monstruos con monstruos. Los dos calcetines que carecían de pareja formaron una pareja nueva.
Al día siguiente, cuando las familias llegaron, encontraron a los niños dormidos en el comedor y una hilera de calcetines que subía hasta el desván. Ona no contó el secreto de Mico. Sólo dejó, cada noche fría, un calcetín limpio frente a su puerta.
Con el tiempo, los calcetines desparejados del pueblo empezaron a encontrar una nueva utilidad: títeres, bolsitas de olor, ropa para muñecos o pequeñas mantas para Mico. Y en casa de Ona, perder una pareja ya no era ninguna tragedia, sino el comienzo de una nueva historia.


