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La primavera de la mariquita

La Primavera de la marieta - conte amb marieta i natura i bons hàbits

El cuento de La primavera de la mariquita

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Cuando llegó la primavera, el bosque despertó como si alguien hubiera sacudido una almohada llena de colores: flores nuevas, hierba tierna y un sol que hacía cosquillas en las mejillas. En un rincón de un jardín, dentro de una hoja doblada como un pequeño paraguas verde, vivía Marieta Mira-bé, una mariquita diminuta con siete puntos negros y una idea en la cabeza: ayudar a los demás a cuidarse con buenos hábitos, pero siempre a través del juego, sin regañar ni mandar.

Aquella mañana, justo cuando se estaba peinando las antenas con las patitas, escuchó un “Aaaatxú!” tan grande que hizo temblar una gota de rocío. Marieta abrió las alas y voló deprisa hacia el camino. Allí estaba Pol, con cara de sueño y las manos un poco pegadizas.

—He encontrado mermelada en la tostada… —dijo él, arrugando la nariz— pero ahora me pica y estornudo.

Marieta dio una vuelta al aire, como si dibujara un círculo mágico.

—¡Hoy es el primer día de primavera! —anunció— Y la primavera es el mejor momento para empezar una aventura. ¿Te gusta realizar misiones?

Pol abrió mucho los ojos.

—¿Misiones? ¿Con sorpresa?

—Con sorpresa final, mapa invisible y trucos de mariquita —dijo ella, y señaló una pequeña fuente que estaba en el jardín—. La primera misión es convertir las manos en manos mágicas. Si las tienes limpias, todo lo que toques será más agradable: las flores, los libros, los juegos… e incluso la nariz, que así no se enfada tanto.

Pol se acercó al agua, se puso jabón y empezó a frotarse las manos durante al menos veinte segundos. Marieta le hacía de directora de orquesta, marcando el ritmo con las alas.

—Como si pintaras un arco iris: palma, dorso, entre los dedos y, sobre todo, las uñas, que son como pequeñas cuevas donde se esconde la suciedad.

Cuando Pol acabó, miró las manos como nuevas.

—¡Ahora sí que parecen mágicas! —dijo.

—Lo son —respondió Marieta—. Y puesto que has empezado tan bien, vamos a la siguiente parte de la aventura.

En ese mismo momento, un soplido de viento primaveral pasó silbando e hizo rodar una pelota, mover un libro abierto… y volar un calcetín del porche como si fuera una bandera.

—Oh… —dijo Pol, un poco rojo—. Esto es mío.

Marieta aterrizó sobre el calcetín, muy seria, pero con ojos risueños.

—La primavera lleva aire fresco, y el aire fresco quiere espacio para circular. Si tu nido está aseado, hay más juego, más calma y encuentras las cosas más rápido. ¿Qué te parece si hacemos que el porche respire?

Pol empezó a recoger. Primero el calcetín, después el balón, y después el libro. Hizo una montañita ordenada y dejó cada cosa en su sitio, como si estuviera construyendo una casita invisible.

Cuando terminó, se quedó mirándolo todo.

—Parece… diferente. Como si el jardín hiciera aaaah —dijo.

—Exacto —asintió Marieta—. Cuando ordenamos un poco, dentro también nos queda más sitio para pensar y reír.

Entonces, Pol vio una fresa enorme dentro de un cestillo y le vino una cara de alegría.

—¡Primavera sabe a fresa! —exclamó, y se la comió de un bocado.

Marieta, que ya lo tenía previsto, voló hasta un cepillo de dientes cerca del lavabo del jardín, porque aquel jardín era tan especial que incluso tenía un rinconcito para lavarse y cuidarse.

—La fresa es una fiesta —dijo—, y al llegar la hora de cepillarse, los dientes necesitan un pequeño trenecito que pase por todas las estaciones.

Pol hizo una mueca divertida.

—¿Cada día?

—Unos dos minutos, dos veces al día. Piensa que el cepillo es un tren: va por delante, por detrás, arriba, abajo… y no deja ninguna estación sin visitar.

Más tarde, cuando llegó la hora, Pol cogió el cepillo con pasta fluorada y, con ayuda de un adulto, se cepilló cuidadosamente los dientes. Cuando terminó, enseñó la sonrisa como si fuera un trofeo.

—¡Brillan como gotitas de rocío! —celebró Marieta—. Así me gusta.

Volvieron al jardín y, justo al pasar bajo un árbol, una manzana movió las hojas como si aplaudiera. Era la Manzana Pometes, que siempre tenía ganas de charlar con todo el mundo.

—¡Buenos días! ¡Buenos días! —cantuseaba—. ¿A quién le apetece comer colores?

Pol se encogió de hombros.

—¿Colores? Yo sólo he visto una fresa roja…

Marieta sonrió.

—Los colores en el plato son como un equipo. Si pones unos cuantos, el cuerpo tiene más energía para correr, pensar, jugar y descansar. Verde, naranja, amarillo, rojo… Cada color lleva algo de fuerza diferente.

Pol miró alrededor e imaginó un plato como un pequeño jardín.

—Entonces quiero verde… como guisantes. Y naranja… como zanahoria. Y rojo… ¡cómo fresa!

La Manzana Pometes hizo un “oh!” contenta y dejó caer una hoja como si fuera una medalla.

—Es un plato que hace primavera —dijo.

Marieta aleteó suavemente, como si contara hasta cinco con las alas.

—Lo estás haciendo genial, Pol. Pero todavía falta algo, y quizá sea lo más importante.

Pol, que ya iba arriba y abajo como un conejito con pilas, se quedó quieto cuando la mariquita le guió hasta debajo de un árbol florido. Allí hacía sombra, y el aire olía a hierba nueva.

—Aquí haremos un momento de calma —dijo Marieta—. La primavera crece despacio. Y nosotros también. Cerramos los ojos un momento y escuchamos.

Pol cerró los ojos. Sintió el viento, un pájaro que cantaba a lo lejos, una abeja que pasaba haciendo “bzzzz” y, sobre todo, su corazón, tranquilo y caliente.

Respiró una vez… dos… tres…

Cuando los abrió, lo hizo despacio, como si volviera de un viaje.

—Me siento… como si me hubieran puesto una manta suave en el pecho —dijo, sorprendido.

—Eso es la calma —respondió Marieta—. Y cuando tenemos calma, todo es más fácil: asear, comer bien, cuidarnos y jugar sin enfadarnos tanto.

Pol sonrió, pensando que aquella aventura era muy diferente a las que imaginaba, pero le gustaba.

Entonces, Marieta Mira-bé sacó algo tan pequeño que apenas se veía: una semilla.

—Esa es la sorpresa final —dijo—. Por cada cosa que has hecho hoy para cuidarte, esa semilla crecerá un poco más fuerte. ¿Quieres plantarla?

Pol hizo un agujerito en la tierra con el dedo, con cuidado, como si estuviera preparando una cama para algo importante. Puso la semilla y la tapó suavemente.

—¿Cómo se llamará? —preguntó Marieta.

Pol miró el pedacito de tierra como si ya viera una flor.

—La Planta de los Buenos Hábitos —decidió.

Marieta asintió, contenta.

—Cada día que te laves las manos, asees un poco, te cepilles los dientes, comas colores y hagas un minuto de calma… la planta crecerá. Y si algún día te olvidas, no pasa nada. La primavera siempre vuelve. Y tú siempre puedes empezar de nuevo.

Pol se quedó unos segundos en silencio, escuchando el jardín, el viento y aquel “aaaah” que hacían las cosas cuando estaban en su sitio. Luego levantó la cabeza y dijo, con una alegría tranquila:

—Mañana… quiero volver a realizar misiones.

Y Marieta Mira-bé se rió, porque sabía que, cuando los hábitos se convierten en juego, crecen como flores: sin prisas, pero cada día un poco más.

 

Colorea el cuento

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FIN

Categorías: Cuentos de animales · Cuentos de magia y fantasía · Cuentos educativos · Cuentos para dormir · Cuentos para niños de 2 y 3 años · Cuentos para trabajar las emociones
Temáticas: Cuentos con enseñanzas · Cuentos de naturaleza · Cuentos sobre ayudar a los demás · Cuentos sobre el aprendizaje · Cuentos sobre el esfuerzo · Cuentos sobre la autonomía · Cuentos sobre la paciencia · Cuentos sobre la responsabilidad

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