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En un pequeño pueblo rodeado de bosques y ríos vivía Sami, un niño alegre y curioso, de pelo claro y ojos brillantes. Le encantaba explorar los alrededores y jugar con sus amigos.
Un día encontró una antigua caja de madera escondida entre los árboles. La abrió intrigado y descubrió mapas y notas viejas. Sus ojos se llenaron de emoción: quizá señalaban un tesoro perdido.
Reunió a sus amigos Joana, Pol y Laia. Eran muy diferentes, pero todos se preocupaban por los demás y estaban dispuestos a ayudarse.
Con mapas y brújulas comenzaron la búsqueda. Recorrieron el bosque, cruzaron ríos y superaron obstáculos con decisión. En cada dificultad permanecieron unidos y se animaron.
Una de las pruebas fue un río que parecía imposible de cruzar. Como no había un puente cerca, tuvieron que pensar juntos. Joana propuso una balsa de troncos y cuerdas, y Pol ayudó a reunir madera caída. Con la ayuda de los adultos que los acompañaban, prepararon una balsa y atravesaron un tramo tranquilo del río.
Más adelante llegaron a una cueva oscura. Laia tuvo miedo, pero sus amigos la acompañaron y le recordaron que podían avanzar despacio. Con las linternas encendidas entraron con cuidado hasta encontrar el tesoro.
En cuanto lo tocaron, oyeron un ruido extraño. ¡La cueva estaba encantada y habían despertado a su guardián, un enorme dragón! Todos temblaron, pero Sami recordó que entre los objetos había una espada mágica capaz de tranquilizarlo.
La sostuvo sin atacar y dijo: —¡No nos hará daño si lo ayudamos a volver a dormir! Al ver el brillo de la espada, el dragón se calmó, regresó a su nido y cerró los ojos.
Con el tesoro y el guardián dormido, los amigos volvieron al pueblo. Contaron su aventura y explicaron cuánto los habían ayudado la amistad, la cooperación y la confianza.
Desde aquel día, todos recordaron su viaje. Su amistad se hizo más fuerte y, al acostarse, Sami sonreía sabiendo que siempre podrían contar unos con otros en las próximas aventuras.


