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En un mundo de bosques encantados y montañas misteriosas vivía un pequeño dragón llamado Dídac. Los otros dragones soplaban fuego para calentarse y cocinar, pero él siempre tenía frío. Por mucho que lo intentara, de su boca solo salían una nubecita de humo y una chispa que se apagaba enseguida.
Un día, mientras jugaba entre los árboles, conoció a un hada pequeña y brillante llamada Llúcia. Al verlo temblar, ella le preguntó:
—¿Por qué tienes tanto frío, pequeño dragón?
Dídac le explicó que todavía no podía lanzar fuego como sus amigos.
—Quizá aún no has encontrado tu llama especial —respondió Llúcia con una sonrisa—. ¿Quieres que la busquemos juntos?
El dragón aceptó entusiasmado y los dos empezaron una aventura por el bosque.
Primero visitaron el árbol más antiguo, pensando que sus raíces profundas podían esconder el secreto. Pero allí solo encontraron a una ardilla vieja durmiendo tranquilamente.
Después fueron a la cueva de las estrellas, donde se decía que los deseos se cumplían. Dídac cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas una llama cálida y brillante. Al abrirlos, sin embargo, todo seguía igual.
La llama del corazón
Entonces Llúcia tuvo una idea.
—¿Y si la respuesta está en lo que compartes con los demás? Quizá tu corazón nos ayude a encontrar tu llama.
Dídac no comprendía del todo qué quería decir, pero decidió confiar en su amiga. Fueron al lago del espejo, cuyas aguas, según la leyenda, mostraban lo que cada ser guardaba en su interior.
Cuando miró el agua, el dragón vio mucho más que su reflejo. Vio el día en que compartió su comida con un lobo hambriento, la ocasión en que cubrió con hojas a un pajarillo caído del nido y las veces que había hecho reír a Llúcia con sus historias.
De pronto sintió un calor agradable que nacía dentro de él. Sopló hacia el lago y, esta vez, no salió humo, sino una llama dorada, hermosa y cálida.
En aquel mundo mágico, Dídac había encontrado su fuego de una manera propia, recordando la bondad y el cariño que ya compartía con los demás.
Desde ese día dejó de tener frío. Su llama era distinta de la de otros dragones, pero también podía dar calor y alegría. No necesitaba ser exactamente como ellos para sentirse parte del grupo.
Dídac y Llúcia continuaron explorando el bosque y compartiendo su amistad con quienes encontraban. Siempre recordaban que cada uno puede descubrir su propio camino y que la bondad es una magia que todos podemos ofrecer.
Y vivieron muchas aventuras, felices y calentitos.


